El nacimiento exige una inscripción simbólica, no se limita a un momento biológico. Esta inscripción simbólica transforma a los padres biológicos, a los procreadores, en  padres. Es el deseo lo que está en juego entonces en la maternidad y la paternidad y no la cuestión biológica, de lo que da cuenta perfectamente el hecho de la adopción.
Ahora bien, en la adopción se dan una serie de particularidades que dotan al proceso de unas características determinadas que afectan tanto a los padres como a los hijos, y de cuyo manejo y resolución dependen tanto el éxito como el fracaso de todo el proyecto.
Por un lado está el hecho de que el niño o la niña ha sido abandonado por los padres biológicos, o en el mejor de los casos  será huérfano. Alrededor de la experiencia de abandono no podemos olvidar que lo que surge en el niño es un sentimiento realista, de acuerdo con lo que le sucede y no un mero sentimiento imaginado, cualquiera que fuera su importancia psicológica. Tal sentimiento tiene sus raíces en un hecho incontestable y es que el niño ha sido abandonado afectiva, física, material y moralmente por sus progenitores. Esto determina una marca bastante generalizable para todos los casos.
Es por ello que los niños necesitan desde su nacimiento una palabra veraz para poder estar capacitados para adoptar ellos una familia. La precocidad del momento de la adopción no dispensa de ningún modo a un niño del duelo que debe hacer por su familia biológica...

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