Sus manifestaciones clínicas interfieren de modo notable en las posibilidades del niño en el medio escolar, perturban el ambiente familiar y las relaciones con iguales. En algunos casos la medicación puede ser útil y sus efectos beneficiosos.

El problema es la preocupación que suscita el cada vez mayor número de niños diagnosticados con dicho trastorno. Personalmente me recuerda a lo que pasó hace unos años con el tema de la dislexia; el diagnóstico de dislexia a niños que presentaban cualquier tipo de desajuste en su proceso de aprendizaje llegó a ser también alarmante. La vacuidad que se encontraba detrás de dicho diagnóstico queda en evidencia al constatar que, unos años después, dicha patología, si es que podemos llamarla así, ha desaparecido prácticamente del entorno escolar y hoy es raro que nos encontremos a un alumno del que se diga que es disléxico.
El tratamiento que reciben estos niños, a veces de corta edad y durante largos períodos de tiempo, es farmacológico, se trata de un psicoestimulante similar a la anfetamina lo que, en caso de estarse produciendo una sobredimensión en el diagnóstico, estaría poniendo en riesgo la salud de estos pequeños.


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