Siempre los niños y adolescentes se han revelado contra el esfuerzo educativo. Contra esto, como contra cualquier otro esfuerzo civilizador , se levanta una resistencia más o menos permeable según variables subjetivas, por supuesto, pero también, según lo que es civilización pueda ofrecer a cambio de esa renuncia. Una renuncia a la satisfacción, esto es lo que queremos decir cuando decimos esfuerzo. No es a través del principio el placer que el aprendizaje se realiza: hay que organizarse, reprimir los deseos inmediatos, inhibir los movimientos musculares, hacer un esfuerzo de memoria… no nos dejemos engañar por la publicidad del saber sin esfuerzo y del acto sin consecuencias; nunca nadie ha aprendido nada que valga la pena sin esforzarse y trabajar. El saber, nos dice Lacan, vale el esfuerzo que cuesta conquistarlo.

Y todo esto ¿para qué? Freud ya nos lo indicó hace muchos años, sólo es posible renunciar a una satisfacción bajo la perspectiva de obtener otra quizá mayor todavía. Por lo tanto podemos precisar que el esfuerzo educativo sólo puede tener éxito si apunta a alcanzar un logro sobre una perspectiva de futuro.

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